Le train bleu, París.
Situado en la Gare de Lyon parisina, Le Train Bleu es sin lugar a dudas uno de esos restaurantes donde la atmósfera que se respira nos devuelve a la Francia de principios del siglo pasado. La magnificencia de sus frescos, de su decoración, sus maderas, sus majestuosas lámparas y todo lo que allí se encuentra son el reflejo de la vieja Europa de fines del diecinueve, con el toque de glamour y sofisticación que únicamente los franceses son capaces de dar.
Fuimos allí por recomendación de mi hermana Isabel, y vive Dios que la recomendación fue acertada.
Nada más entrar y desprendernos de nuestros abrigos en el guardarropa, el amable maitre nos acompaña a nuestra mesa, clásica en cercanía al estilo europeo, aunque sin perder intimidad. Mientras ojeamos la carta, nos deleitan con una mini terrina de mousse de salmón y eneldo. Laura se decanta por el cordero; yo por el steak tartare, ordenado fuerte por error mío. Para hacer más grata la espera, un par de copas de Royal Pommery, excelentes.
El steak tartare te lo preparan al instante, delante del comensal, con una profesionalidad y elegancia de movimientos cada vez más rara en la cada vez más bárbara España.
A los postres, unos profiteroles con chocolate caliente (según el camarero, uno de los mejores chocolates de París) y un crujiente de manzana y sabayón de no me pregunteis qué, deliciosos.
El servicio, atento y servicial, muy correcto, como en todo París.
Pero sin duda lo relevante del lugar estriba en él mismo, en su historia y en su ornamento.
A modo de breve reseña os diré que se inauguró en 1.901 por el Presidente de la República, Loubet y se construyó para dar servicio a las familias de aristócratas y acomodados que se disponían a realizar su viaje en la compañía PLM, París-Lyon-Mediterranee. Por el sus mesas han pasado y pasan la flor y nata de París, y los que en el mundo son: Coco Chanel, Jean Cocteau, Dalí, ...
El decorado es fastuoso, elegante, de otra época. Según nos explicaron, las paredes están presididas por cuarenta frescos de Malraux, donde se representan los paisajes que el tren “aristócrata” atravesaba, camino del Mediterráneo.
Absteneos de ir los que acostumbrais a alabar el medio pelo, la vulgaridad, que alguno habrá entre los que me leeis. Aquí no hay sitio para eso. Estás en París, cretino, y puede abrumarte el salir de tu cascarón simplón y predecible.
Como ya adivinareis, no tengo sino recomendaros este lugar, uno de los clásicos de, bajo mi punto de vista, la más bella ciudad de Europa.
Au revoire....salut!
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