La Resistance

Bajo este título, y como ya anuncié en una columna anterior, voy a disertar, con todo el ánimo de ofender y desahogarme, de todo aquello que me venga en aquel momento al pelo, siendo éste un reducto para mí, de resistencia ante el devenir de estos tiempos que nos ha tocado en suerte, mala, vivir.
Sucede que hay días en que, sin saber muy bien por qué, y recordando a Michael Douglas en “Un día de furia”, cogerías presto el kalashnikov y no dejarías títere con cabeza.
Hace unos meses descubrí una de las ciudades que más me han fascinado, por diferentes motivos que no vienen al caso ahora, y estuve respirando en un mundo culto, antiguo y extraordinario, la vieja Europa. Un mundo en el que fui educado, y enseñado a respetar y amar. Un mundo que tiende a desaparecer, pero que con una mirada atenta y profunda perdura latente aún hoy, pese a tanto inculto, tanto bocazas y tanto bárbaro.
Pues como decía, mucho había leído y oído sobre esta ciudad y sobre lo que había significado – y aún hoy de otra manera significa - para la comprensión de la cultura occidental que hoy nos empeñamos en hacer desaparecer del mapa, herencia de tantos imprescindibles que nos precedieron, de Griegos, de Roma, de revoluciones jacobinas, de Ilustraciones y Revoluciones.
Me senté a admirar aquellas vidrieras, y me detuve ante aquellas imponentes estatuas de quienes fueron símbolo de tantas palabras hoy en desuso, honor, decencia, patria, justicia, tan a propósito esquivadas por la chusma que nos ha gobernado y nos gobierna. Como si la moral y la virtud fueran ajenas al ser humano. Pero esto será tema para otra Resistance.
Me gusta el silencio de las catedrales o sentarme en un banco de una plaza a escuchar como el sol languidece en la efigie de aquél a quien ya tan pocos recuerdan y brindan por él. Pero ya es muy difícil hacer esto, puesto que lo único que oyes es el incesante guirigay de adocenados turistas haciendo fotos aquí y allá. Como yo, que también soy turista como ellos, ni más ni menos. Pero hay una diferencia, y es que yo no voy voz en grito a decirle a mi acompañante que qué bonito y chorradas de tan alto nivel, ni voy dejándolo todo lleno de bolsas de patatas y latas de refresco. Además de todo esto, visto pantalón largo y camisa. En pocas palabras, que no voy con chanclas de playa por el centro de París, restregándole el sudor a nadie, ni tampoco me acompañan morsas con tatuajes, piercings y sudorosas lorzas de tocino bajo lo estricado de su ridícula y atroz indumentaria. Comprenderéis que ante tal perspectiva, el ataque suicida de un millar de turcos, célibes desde hace años y con dagas en la boca se me antoja más bien un desahogo que algo por lo que preocuparse.
Y de repente, ves que una niña en un rincón, ojea lo que crees un libro donde se adivinan grandes fotografías de aquello que tenemos ante nosotros, y que de vez en cuando, interrumpida su absorta lectura, levanta la cabeza y parece adivinarse en sus ojos el brillo cruel y despiadado, a la vez que desesperado, de aquellos turcos matarifes que nos iban a librar, a ella y a mí de todo aquél despropósito. Luego vuelve a dejar caer su cabellera rubia sobre las páginas del libro y sonríe al descubrir que en verdad mereció la pena todo aquello, y que Lope, Maupassant, Dumas, Stendhal, Hugo, Balzac no andaban descaminados.
Entonces piensas que, bueno, no está todo perdido, y que los turcos esperarán al siguiente turno, y que la vieja Europa tal vez, sólo tal vez, perdure unos años más.
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