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RESTAURANTERIA Disertaciones vitales de un liberal librepensador

De la estulticia, sumum.

Uno, si ha de ser sincero, nunca ha cantado lo que se dice estupendamente. Lo malo del asunto es que lo hace regular. Y eso es lo peor. Por que uno que lo hace rematadamente mal se puede convertir en ídolo de masas y hacer las delicias de cualquier reunión de amigos con inquietudes musicales. Pero el que como un servidor, lo hace que ni fú ni fá, que ni chicha ni limoná, pues no tiene más que escoger el camino del silencio y el ostracismo. Si es que quiere todavía mantener intacta su reputación y honor.
Pero hete aquí que el señor Rodrigo Torrijos, primer teniente de Alcalde y delegado de Infraestructuras para la Sostenibilidad – manda huevos lo de las infraestructuras – ,
siguiendo la canallesca ola de laicismo excluyente que nos asedia desde las altas instancias gubernativas, ha tenido la estúpida idea de cambiar el alumbrado navideño de 2.008, por el de “alumbrado del solsticio de invierno”, amén de que sean únicamente los comerciantes los que sufraguen la demencial idea, y restringiéndola de manera exclusiva al centro histórico.
Este personaje, votado en los pasados comicios por sólo 30.000 sevillanos ya nos tiene acostumbrados a estas salidas de tono, y a nadie extrañan ya las teorías de loco visionario del tío de la cachimba, como lo denomina Antonio Burgos.
Pero este año, movido por la visceral reacción que me producen tipejos de esta calaña, pienso cantar a todo pulmón cuantos villancicos me apetezcan, que van a ser muchos.
Es costumbre y tradición andaluza y española, recorrer en las noches previas a la Navidad, las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades. Dos guitarras, un búcaro, una zambomba y una pandereta son los aperos que hacen rescatar algunos de los viejos sabores de la Navidad, perdidos en el interior de cada uno de nosotros.
Una copita de anís, un polvorón, el olor de las castañas asándose en el carrito, el niño embutido en abrigo, guantes y gorro con borla. Y el Belén.
Cuando unos cuantos tontos – los que eliminan fiestas colegiales navideñas, los de Papa Noél, los de las navidades láicas – se ponen de acuerdo para superarse a sí mismos en la estulticia, hay que tomar alguna postura: o bien reírse de la contumacia con que los necios quieren demostrar que lo son, o bien tomas partido.
Soy perfectamente solidario y comprendo a aquel al que no le gusta la Navidad y que se vá al caribe a tumbarse al sol. Lo respeto y lo comprendo. Ahora bien, a aquellos que ponen cara de intolerante ante cualquier manifestación civil que nazca del hecho religioso y que además quiere que pidamos perdón porque nos guste, lo van a tener francamente mal conmigo: pienso cantarles al oído todo mi repertorio. Siento si hiero la sensibilidad de melómanos, musulmanes o partidarios de la primera comunión civil, pero la costumbre de cantar villancicos en Navidad es más antigua en España que el hilo negro, y viene de mucho antes de que naciera el señor Torrijos.
Mira lo que has conseguido, tío de la cachimba.



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