Verano
Ya estoy de vuelta y la verdad, como la mayoría sabeis, el verano no cundió mucho en cuanto lo que se le presupone: ni marcha, ni descanso, ni viajes, ni nada de nada. Pero menos dá una piedra y he aprovechado el tiempo para otras cosas, tan gratificantes para el espíritu como hacer mudanza. Espero que las cosas empiecen a rodar bien a partir de ahora, aunque así de primeras, no ruedan, más bien, desbarran con poca dirección.
Lo poco que hemos hecho, en cuanto al asueto estival, ha sido acercarnos a Sanlúcar de Barrameda, que como todos conoceis o intuís, en temas de bebercio y comercio está en el "top". Y está en el top por, entre otras razones, una que se me escapa y que ha hecho triunfar a otros. A modo de ejemplo, un tugurio de mala muerte, regentado por un cualquiera, en cuestión de 40 años es el súmum de las suculencias. Pasa con Robles, pasa con Bigote y pasa con Balbino, que es donde fuimos a parar un mediodía de agosto, justo el día en que el impresentable del Presi del Gobierno (vamos, haciendo amigos!!) se sentó en la mesa de al lado a no degustar unas suculentas tortillas de camarones.
Supongo que el truco está en mantener la tradición, en conservar aquella receta que gustaba tanto y que ha sabido perdurar en el tiempo. El hombre es animal de costumbres y las más de las veces, adocenado y borreguil como pocos, y si te dicen que algo está como para desplazarse y probarlo, pues tú vás y lo pruebas. En este caso, lo curioso es que realmente, la tortilla de camarones de Balbino, en la Plaza del Cabildo, como bocados de mar, bien merecen el acercarse y, por qué no, el repetir.
Un apunte: a partir de ahora he decidido que el blog no solo disertará sobre y unicamente de gastronomía, dando cabida a demás temas de actualidad. Espero que esto no haga huir en masa a los miles que me leeis. Si es así, hacédmelo saber.
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